miércoles, 15 de junio de 2016

A LA DERIVA…

Texto Bíblico: Marcos 4:37-39

Casi todos los días vemos noticias de grupos de refugiados que llegan a las costas griegas con la esperanza de mejores días. Son cientos de personas que, desesperados por su situación económica, persecuciones políticas, peligros de guerras, deciden abandonar sus hogares, dejarlo todo y cruzar los mares inhóspitos, a riesgo de morir en el intento. Y es que, quizás para ellos la única opción sea  intentándolo, que tener que perecer en sus países producto de políticas tan injustas que vienen de una sociedad caotizada por el odio, venganza, intereses propios, maldad en su más alto nivel...

Lo triste de todo esto es que sólo unos pocos logran tocar tierra, y en el camino por tierra, las posibilidades de llegar a un lugar seguro, son escasas.

Saben amigos, haciendo un paralelismo con esta triste realidad,  así es la vida de muchos seres humanos quienes, presas de una profunda depresión y desprecio por la vida, sienten que donde se encuentran ya no tiene sentido continuar, y como producto de sus fracasos personales se suben en embarcaciones que los llevan a diferentes puertos, pero una vez que desembarcan, al poco tiempo, regresan al mar de la vida en busca de satisfacción personal porque en esos puertos no la hallan.

Hace años atrás conocí a una persona que toda su vida se subió al barco de la vida y probaba de todas las tendencias o sectas religiosas de moda para satisfacer sus vacíos existenciales. Un día le hablé de Cristo y le dije que la paz que buscaba su alma se la podía dar Él. Me sonrió y me sacó una hoja en blanco y dibujó en una esquina un punto que, según sus explicaciones, era él mismo. Me dijo que había decidido probar todo lo que más pudiera en materia religiosa para encontrar la paz y, si ninguno de sus caminos le satisfacían (haciendo círculos en diferentes direcciones de la hoja), al final, entonces, buscaría a Cristo…

Que yo recuerde, esa fue la última conversación que tuve con él sobre Jesucristo, toda su vida siguió buscando incansablemente la paz para su vida. Años más tarde me enteré de su fallecimiento. Nunca buscó a Cristo.

Así es, amigos lectores, muchos de nosotros, cual refugiados nos lanzamos al mar de este mundo en barcas que navegan sin rumbo fijo, sin capitán, pasando por sectores llenos de turbulencias, arriesgando nuestras vidas, negándonos a aceptar la ayuda de Aquel que puede darnos un norte, llevarnos a puerto seguro, y saciar nuestras almas cansadas, de tal manera que, nuestras vidas cobren un nuevo sentido.

¿Siente  usted que su vida no tiene un rumbo fijo?, ¿se siente como un barco a la deriva sin saber en qué puerto desembarcar?
Lo invito  a que entregue su vida al único que puede calmar tempestades, traer bonanza a su vida y darle esa tranquilidad de conciencia que su pasado, ya ha sido perdonado, borrado y olvidado por Él.
¡Deje que el capitán de su vida sea Jesucristo!

Himno Cuando sopla airada la tempestad

(cuarta estrofa)
En las negras ondas de la ansiedad, cuando soplan vientos de destrucción,
nuestra barca cruza la inmensidad, del Señor llevando la protección.

coro: Ancla tenemos que nos dará apoyo firme en la tempestad.
En la roca eterna fija esta; solo allí tendremos seguridad.


¡Dios lo bendiga!