domingo, 6 de noviembre de 2016

¡NUNCA OLVIDES!

Texto Bíblico: Salmos 147:3

La otra noche vi un documental sobre un joven que decidió abandonar su país para ir a la India, y en esa nueva patria encontró la razón de su vida: acompañar a niños contagiados con el sida, vivir junto a ellos, y, en sus últimos momentos de vida, estar con ellos hasta que fallezcan.

Fue muy conmovedor ver cómo este joven llega a amar a estos niños, rompiendo las reglas sociales de la India que consideran a estos pequeños como “intocables”, para convertirse en el padre, madre y hermano que ellos necesitan. Ríe con ellos, llora desconsolado cuando alguno fallece, no pierde las esperanzas, y sigue en pie de lucha en espera que el sida decida detenerse y deje de destruir esos tiernos cuerpos…
Este documental me recordó que todos nosotros un día estuvimos en la condición de “intocables”, todos habíamos ofendido a Dios con nuestra mala manera de vivir, hundidos en delitos y pecados. Mas, cuando pedimos perdón por nuestros pecados y,  entregamos nuestras vidas a nuestro Salvador Jesucristo, Él nos perdonó, nos recogió, nos cargó, nos colocó en un lugar seguro y, con su sangre bendita limpió nuestras heridas del alma y corazón, del pecado que hasta entonces  habían producido profundas y dolorosas heridas.

Cuando llegamos a sus brazos de amor y misericordia, todo nuestro ser interior estaba terminalmente enfermo. Estábamos cansados, deshidratados, a punto de sucumbir  porque teníamos un vacío existencial que nada ni nadie había podido llenar. Mientras los que nos rodeaban nos decían que ya no teníamos solución y que todo estaba perdido, Jesucristo llegó para extendernos su mano y decirnos: “ven a mí, yo curaré tus heridas, te lavaré con mi sangre, serás salvo, sano, te levantarás, tendrás nuevas fuerzas, serás una nueva persona, dejarás de ser intocable”

¡Qué hermoso es recordar cómo la misericordia de Dios nos ha alcanzado, nos ha llenado de favores, nos ha puesto en un lugar alto, de honor!. Por tal motivo, nunca debemos olvidar de dónde hemos sido rescatados, cuánto hemos sido perdonados. Debemos dar gracias a Dios siempre, y en gratitud eterna debemos mostrar esa misma misericordia y amor a toda persona que para el mundo es un caso perdido y, compartir con ellos el hermoso mensaje del evangelio que trae salvación, sanidad, paz y esperanza a todo aquel que decide venir y entregarse en las manos restauradoras del mejor médico y amigo: Jesucristo.

“El sana a los quebrantados de corazón,
Y venda sus heridas.”

(Salmos 147:3)


¡Dios lo bendiga!


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