domingo, 14 de agosto de 2016

¡RESPLANDECE EN MÍ!

Texto Bíblico: Éxodo 34: 29-30

Leyendo Éxodo 34: 29-30, me llamó la atención la parte en la que se describía el rostro de Moisés después que hablaba con Dios. Estos versículos nos relatan que “la piel de su rostro resplandecía”. Me imagino cuán glorioso ha de haber sido el ver en el rostro de Moisés la gloria de la presencia de Dios. Un especial brillo, tan resplandeciente que hacía que los demás tuvieran temor y respeto por él, porque sabían que venía para hablarles de parte de Dios.

Con respecto a esto, yo me preguntaba si la gente que nos rodea puede ver en nosotros ese brillo especial como producto de una vida renovada, cambiada, transformada por el poder de la sangre de Cristo…
¿Cuántos de los que nos rodean saben que profesamos la fe de Jesucristo?, ¿cuántos de los que nos ven a diario pueden decir que ven algo especial en nosotros?, ¿podemos gritar con nuestras acciones que Cristo vive en nosotros?, ¿podemos decir que gente que no nos conocía, en su primer encuentro con nosotros, se quedó impactada por nuestra nueva forma de vida?

Lamentablemente, hay personas que se avergüenzan del evangelio de Cristo y nunca revelan a sus compañeros de trabajo, amigos, vecinos de su barrio, familiares, que profesan el cristianismo. Es más, con los años, por situaciones fortuitas y con mucha sorpresa, ellos se enteran que sus allegados asisten y son miembros de una congregación evangélica.

Amigos, Jesucristo nos manda en Su Palabra a ser “luz en este mundo” ( Mt. 5:14 ), el apóstol Pablo nos exhorta a “ser imitadores de Dios” (Ef. 5:1), él decía a viva voz “ya no vivo yo” (Gál. 2:20), su deseo era que cada día que pase  “Dios vivifique nuestros cuerpos mortales” (Rom. 8:11). El problema radica en que no andamos en santidad como Dios es santo, por eso la santidad de Dios no puede resplandecer en nosotros. Moisés tuvo el privilegio de hablar con Dios directamente porque vivía en santidad, y era esa vida apartada del mal la que le permitía enriquecerse diariamente con las bendiciones espirituales que sólo el contacto íntimo, profundo, exhaustivo con Dios puede hacer en nosotros. Es ese contacto que permite que nosotros mostremos rostros y cuerpos resplandecientes de santidad; vidas que impactan positivamente a los que no profesan o comparten nuestra fe.

Amigo y hermano en la fe de Jesucristo, lo exhorto con todo amor para que juntos nos hagamos un autoexamen y, de manera honesta, respondamos a las preguntas que antes planteé. No me diga que no tiene necesidad de hacerlo, no repare en que usted es un líder en su iglesia, que usted es nacido en una familia de creyentes en Cristo Jesús. Auto examinémonos y preguntémosle a Dios si estamos limpios para entrar en su presencia.

Estoy segura que en algo habremos fallado, estoy segura que algo debemos dejar morir para que, con total plenitud, Cristo llene nuestras vidas y resplandezca en nosotros, así  como la gloria de Dios resplandecía en Moisés cada vez que él salía de Su presencia.

“Vosotros sois la luz del mundo; 
una ciudad asentada sobre un monte 
no se puede esconder…

Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, 
para que vean vuestras buenas obras, 
y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.”

(Mateo 5: 14 y 16)


¡Dios lo bendiga!


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