miércoles, 23 de abril de 2014

“EL TRABAJADOR INFORMAL…”

Texto Bíblico: Salmos 37:25

El otro día, saliendo de mi trabajo, me subí al bus que me llevaría de regreso a casa. Todo transcurría sin novedad. Se subían y bajaban toda clase de pasajeros y vendedores informales, quienes, como ya sabemos, venden de todo: ¡hasta piedras!, que según ellos, traerán suerte al que las adquiera.

De repente, se subió al bus un “trabajador informal” muy peculiar. Digo peculiar porque estaba  bien vestido, en comparación del resto de vendedores que, por lo general, visten muy modestamente. Este vendedor captó mi atención porque no llevaba ningún producto en sus manos y, mientras nos contaba su “triste historia” de por qué no tenía un trabajo “normal” como nosotros; yo esperaba impaciente que, como por arte de magia, apareciera entre sus manos algún producto o, por último, una foto de algún familiar enfermo y necesitado de la “ayuda generosa de los pasajeros”.

Mas, mi sorpresa fue mayor cuando, en su largo discurso, nos dijo que no se subía a vender nada, porque se había dado cuenta que “sólo” pidiendo colaboración a los pasajeros él ganaba alrededor de $70,00 diarios; y que, según sus cálculos, si así seguía, podría recaudar $800,00 que era lo que necesitaba para ayudar a su hija y madre enfermas. Asimismo, nos dijo que Dios le había indicado que esa iba a ser su fuente de trabajo, y que los amables pasajeros lo iban a sostener diariamente en este honrado y sacrificado trabajo: “el de pedir colaboración como trabajador informal”.

Para finalizar su amplio discurso, nos dijo que él había hecho una promesa a Dios que: “si Dios le daba gente que lo apoye y le dé dinero en los buses, entonces él se iba a cortar las piernas y a donarlas a su madre que no podía caminar”. Acto seguido, pasó por cada asiento y, ante mi sorpresa, mucha gente le dio dinero (menos unos cuantos sensatos y yo). Asumo que si así va, este hombre pronto tendrá que cortarse las piernas, ya que la promesa fue ante Dios, y todos sabemos, que debemos cumplir nuestras promesas a Él. (Eclesiastés 5:4).

Mis estimados lectores, mucho cuidado con atribuir a Dios palabras que Él no nos ha dicho ni están escritas en Su Palabra. La Biblia claramente nos exhorta a trabajar y ganarnos el pan de cada día. Es más, el Apóstol Pablo tiene una frase muy fuerte, pero cierta: “…Si alguno no quiere trabajar, tampoco coma” (2 Tesalonicenses 3:10b).

Dios no solapa la vagancia ni fomenta la mendicidad (Génesis 3:19a; 2 Timoteo 2:6). Por lo tanto, todo el que busca el dinero fácil y dice que es dádiva de Dios, miente, no teme a Dios, y su castigo será que en un tiempo no muy lejano, pasará realmente por hambre y desnudez; no solamente él, sino todos los suyos; porque el dinero fácil nunca tendrá la bendición de Dios y no podrá disfrutarlo.

Por el contrario, si usted se considera un hijo de Dios, y cada día se gana el pan con trabajo honrado, con mucho sacrificio, y vive como una persona justa delante de Dios y de los hombres, entonces, vivirá bajo promesas Divinas que siempre lo acompañarán  a usted y a todos los suyos; promesas que lo librarán de caer en la desgracia de la mendicidad.

“Bienaventurado todo aquel que teme a Jehová,
Que anda en sus caminos.
Cuando comieres el trabajo de tus manos,
Bienaventurado serás, y te irá bien.”
(Samos 128:1-2)


“Jehová no dejará padecer hambre al justo;…”
(Proverbios 10:3a.)

“Joven fui, y he envejecido,
Y no he visto justo desamparado,
Ni su descendencia que mendigue pan.”
Salmos 37:25

¡Dios lo bendiga!


viernes, 4 de abril de 2014

“EL NEGOCIO DE COMIDAS”

Texto Bíblico: Lucas 10:38-40a

Hace unas semanas atrás estuve tomando unas vacaciones en una de las playas de mi país y, como el lugar donde estaba descansando quedaba enfrente de la playa, me dirigí con mi madre, a uno de los tantos puestos de comidas que ofrece el sector para almorzar.

Allí nos atendió una amable madre de familia, quien pronto se puso a conversar con nosotras, y durante el tiempo que estuvimos almorzando, esta joven madre, nos contó cómo había levantado este negocio de comidas, y cómo día a día luchaba para lleva el dinero para alimentar a sus 6 hijos, y cuánto había sufrido con los maltratos de su esposo.
Pues bien, esta joven mujer nos contó historias de tristeza y superación, y al menos, por treinta minutos, nos tuvo pendientes de sus necesidades y para finalizar, se identificó como cristiana evangélica.

Con esta declaración, mi madre y yo también nos identificamos como tales, acto seguido, le dimos consejos pertinentes a la luz de la Biblia, y antes de retirarnos, le pregunté a la señora si me permitía hacer una breve oración por ella, su familia y el negocio, a lo que ella respondió de forma afirmativa.

Así que, oré por ella de manera breve, y al finalizar, cuál  sería nuestra sorpresa que la señora no había estado orando con nosotras, sino que (en silencio) estaba haciendo señales con su mano para atraer clientes al local. Cuando nos vio que terminamos nos agradeció el gesto y acto seguido, continuó llamando a potenciales clientes…

Apreciados amigos, esta historia, más allá de incomodarme me llevó a reflexionar que hay mucha gente que quiere que otros escuchen sus problemas, les ayuden a dar solución a los mismos; incluso, asisten a una iglesia, se bautizan y se autodenominan creyentes en Cristo como un amuleto para que les vaya bien en todo.
Pero, cuando tienen que acercarse más a Dios en oración, leyendo y practicando Su Palabra, asistir a cultos en la iglesia; entonces, están muy ocupados y lo solucionan diciendo: “Oren por mí”, “A usted Dios sí la escucha”, “Dedíqueme un versículo”, “Tengo que trabajar, pero escucharé las predicaciones de este domingo por radio o, compro el cd.”, etc. Y así, presentan mil y un excusas para no involucrarse de manera personal y completa con el Señor.

De esta manera, le “delegan” el trabajo espiritual a otros y, como la mujer de esta historia, mientras otros interceden con sus oraciones por sus necesidades; ellos continúan concentrados en sus quehaceres porque sus negocios son más importantes que Dios y ya tienen “quien esté menos ocupado y por lo tanto, que ore por ellos”.

Amigo lector, el crecimiento espiritual, el caminar en santidad es un asunto personal y, si no buscamos a Dios de una manera más íntima, seria y comprometida, nunca podremos conocer cuál es la voluntad de Él para nuestras vidas. ¿Desea usted que Dios lo escuche y responda a sus oraciones? Busque conocer más de Él cada día en oración y por medio de la lectura de la Santa Biblia. No delegue este tiempo hermoso de comunión íntima con el Señor a otros porque usted está “ocupado”. ¡Este es su privilegio y deber!

Recuerde: Dios tiene tiempo para usted las 24 horas del día, sus oídos siempre están prestos a escucharlo; así que, haga usted lo mismo con nuestro Dios, restablezca  con  ÉL esa comunicación interrumpida que ha mantenido por largo tiempo, y transforme cada día de su vida en un tiempo hermoso sin interrupciones con nuestro común y amado Salvador.

“Aconteció que yendo de camino, entró en una aldea;
y una mujer llamada Marta le recibió en su casa.
Esta tenía una hermana que se llamaba María,
la cual, sentándose a los pies de Jesús, oía su palabra.
Pero Marta se preocupaba con muchos quehaceres,…”

(Lucas 10:38-40a)


¡Dios lo bendiga!