Texto Bíblico: Gálatas 2:20
“Y
ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí…” Cuántas veces hemos
leído este pasaje de Gálatas 2:20 sin comprender a profundidad lo que el Apóstol
Pablo había llegado a experimentar en su diario caminar como creyente en la fe
de Jesucristo. Y es que para comprender este pasaje es necesario reflexionar
sobre Jesús y sus sacrificios personales, los mismos que lo llevaron por toda
una vida de entrega hasta llegar a la mayor de ellas, la entrega física en la cruz
y, por consiguiente, su propia vida.
Pero, ¿qué es lo que Jesús crucificó en
la cruz del calvario?, ¿acaso sólo su cuerpo fue clavado en esa cruz? Amigos
lectores, yo leo, en los cuatro evangelios,
que el Hijo de Dios hizo morir: el hacer su propia voluntad, su libertad
para vivir como quisiera, su juventud, su status de hijo de Dios, su posición
en la tierra como hijo y hermano, sus amistades. Notemos que Jesús primero
crucificó todo aquello que pertenece al Yo y que podía llenarlo de orgullo y
vanidad; una vez resuelta esta etapa de su muerte, estaba en condición de hacer
su máximo sacrificio: dar su vida por los demás en la cruz, y de esta manera
cumplir con la voluntad de su Padre.
Ahora, si volvemos al Apóstol Pablo,
podemos comprende por qué él decía que su Yo estaba crucificado con Cristo,
porque él había hecho morir toda pasión, deseo, status social y económico, por
amor de Cristo. Y ese morir de su propio Yo, le produjo un nuevo nacimiento que
cambió y transformó su mente y corazón, de modo que lo que antes tenía valor
para él, ahora pasó a un segundo plano, convirtiéndose Cristo en la razón para su
vivir (“Para mí el vivir es Cristo…” Filipenses
1:21), experimentando de esta forma otra dimensión de vida; es decir, una
vida que se enfoca en lo espiritual y por lo tanto, es divina y eterna. Esto fue
lo que el Apóstol Pablo comprendió y desea que nosotros asimilemos también
cuando dijo: “Y ya no vivo yo…”
Así, no puede existir entrega si mi Yo
no muere; no puedo amar a otros si me amo a mí mismo por sobre todas las cosas;
no puedo ser sensible a las necesidades de los demás si no me desprendo de todo
lo que poseo; no puedo ser fiel a la
obra que Dios me ha encomendado si más importantes son mis propios planes y
proyectos.
El Apóstol Pablo termina este pasaje diciendo:
“el cual me amó y se entregó a sí mismo
por mí…” reconociendo con ello que si crucificamos nuestro ser interno,
entonces, nos llenaremos del amor de Dios que es el que producirá en nosotros
esa entrega mayor: el sacrificio de nuestra propia vida, el morir a nosotros mismos.
Amigo lector, Cristo sacrificó todo su
Yo por usted y por mí, ¿no le parece que deberíamos hacer lo mismo por la causa
de Él?, ¿qué le ha dado usted a Cristo?, ¿ya le entregó su Yo?
Le dejo estos versos de un antiguo
himno que estoy segura lo animarán a sacrificar toda su vida por Aquel que lo
amó primero y se entregó a sí mismo por usted y por mí.
Mi vida di por ti, mi sangre derramé
Por ti inmolado fui, por gracia te
salvé.
Por ti, por ti, inmolado fui ¿y, tú,
qué das por mí?
(Himno Mi vida di por ti)
Hola Zoila...te encontré en Punto Hispano y por acá me tienes. Muy buena reflexión, ciertamente cuando aceptamos a Jesucristo como nuestro Salvador, morimos al pecado y nacemos de nuevo. Todos nuestros deseos se reducen a seguir al Maestro. Ya no vivimos para el pecado ni para el mundo, vivimos para Cristo.
ResponderSuprimirQue Dios te bendiga, recibe un fuerte abrazo.