lunes, 12 de octubre de 2009

“¡BENDITA ENFERMEDAD!”

Texto Bíblico: Salmos 37:25
La otra noche, mientras esperaba el cambio de hora para dictar mis clases en el Seminario Bíblico de la Alianza, de la ciudad de Guayaquil, me encontré con un ex alumno, quien es un hombre de Dios, y junto a su esposa están culminando los estudios en esta Institución Teológica.

Pues bien, le pregunté cómo estaba su salud, ya que él sufrió un accidente (es albañil) y se lesionó unos discos de su columna vertebral, al caer de una considerable altura mientras trabajaba en una construcción. Así, este hermano en la fe, con sus ojos brillantes y con voz firme me dijo lo siguiente:

“Aunque hace tres meses que no puedo trabajar, no puedo ser el sostén de mi hogar, y no puedo dar de comer a mi esposa y cuatro niños; no me quejo, pues la mano misericordiosa de Dios siempre ha estado conmigo y mi familia. Nunca nos ha faltado un plato de comida, pues, siempre hay alguien que, sin que yo le pida, llega a nuestra casa con una funda de víveres.

Sabe, hermana, me dijo mi ex alumno, esta enfermedad ha sido de mucha bendición para mí porque Dios ha moldeado mi carácter. Yo siempre era orgulloso en lo concerniente a ser jefe del hogar, yo velaba por mi familia y creía que yo era el sustento de mi esposa e hijos. Mas ahora, he comprendido que el sustento de mi hogar no soy yo, sino Dios, pues él es el que da la comida, el vestido, y todo lo que uno necesita. He comprendido que yo sólo soy un instrumento de él para sustentar a los míos y, si por alguna razón, yo no puedo hacerlo, como ahora, él se encarga de buscar otras personas para que nos sustenten mientras yo me recupero.

Finalmente, el Señor me ha mostrado que los hermanos en la fe estamos para ayudarnos y darnos una mano en tiempos de angustia, y mientras yo no abuse de mi situación, cada hermano que nos ayude será grandemente bendecido por Dios.

Así que hermana, estoy en paz y gozoso con lo que he aprendido a través de esta enfermedad, pues es el entrenamiento perfecto para mi fe y confianza en Dios para cuando mi familia y yo vayamos, después de terminar nuestros estudios aquí, a predicar el evangelio al Oriente ecuatoriano…”

De pronto tocó el timbre del cambio de hora, y entre el ir y venir de los estudiantes se despidió, y me dejó con un ánimo inmenso, pues pocas veces puedo sentirme tan bendecida con las palabras del que padece una enfermedad.

Al día siguiente visité como en otras ocasiones, desde que me enteré de su situación económica, a esta humilde familia.
Y ustedes, apreciados lectores, ya podrán imaginar cuál fue el motivo de mi visita…

“Joven fui, y he envejecido,
Y no he visto justo desamparado,
ni su descendencia que mendigue pan”

¡Dios lo bendiga!