martes, 23 de junio de 2009

“EL ANILLO DE GRADUACIÓN”

Texto Bíblico: Juan 3: 16-17
Hace muchos años atrás conocí la historia de una joven pareja que llevaba poco tiempo de casados, la misma que se vio bendecida por la llegada de su primogénito.

Como todos sabemos, un bebé demanda gastos, y a estos padres pronto se les acabaron los ahorros. Así, se quedaron sin el dinero para poder comprar el tarro de leche que su pequeño hijo necesitaba.

Una tarde, el padre de familia se fue a su recámara, abrió uno de los cajones, y sacó de un pequeño estuche un hermoso anillo de oro que con mucho cariño guardaba. Ese era el anillo que un día sus padres, con tanto sacrificio, le habían obsequiado al graduarse de bachiller. Entonces, sin pensarlo dos veces, este joven padre se dirigió a la casa de empeño y dejó el anillo a cambio de un poco de dinero para así poder dar de comer a su hijo.
Aún cuando sabía que no volvería a ver el anillo, salió contento de la casa de empeño, porque el amor que tenía a su hijo y esposa, era mayor que cualquier tesoro de este mundo.

Así, mis estimados lectores, Dios nos amó tanto que no dudó en entregar a su único Hijo, su especial tesoro, para rescatar nuestras vidas de la perdición eterna; pues Dios sabía que esa pérdida momentánea, se convertiría en eterna victoria con la resurrección de su Hijo Jesucristo.

¿Cuántos de nosotros estaríamos dispuestos a desprendernos de lo más preciado que tenemos por amor a los que nos rodean?

“Dios amó tanto a la gente de este mundo, que me entregó a mí, que soy su único Hijo, para que todo el que crea en mí no muera, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no me envió a este mundo para condenar a la gente, sino para salvarla.”(Juan 3:16-17)

¡Dios los bendiga!

lunes, 15 de junio de 2009

EL EX –CONVICTO

Textos Bíblicos: 2 Cor. 5: 17-18

Una vez hubo un anciano muy respetado y amado por todos los que lo rodeaban. Era una persona que con sólo verla inspiraba confianza, de modo que, todos buscaban su compañía y sus consejos.

Una tarde, mientras estaba sentado en el parque, se le acercó un hombre de mediana edad, y le dijo:
-¡Oye tú!, yo te conozco. Tú estuviste en la penitenciaría al igual que yo. Cuando tú salías de la cárcel, yo llevaba pocos meses de haber ingresado a ese lugar.
-El anciano sonrió amablemente, y sus ojos miraron al vacío, como si aquellas palabras hubieran sacado a flote recuerdos que él habría deseado no salieran a la luz.

Pero el otro hombre continuó:
- Quiero hacerte una pregunta, ¿por qué, si tú también eres un ex – convicto, a ti la gente te acepta; no te huye? , ¡Mírate!, tú rostro tiene cicatrices, llevas tatuajes en tus brazo. Tienes las huellas de haber vivido una vida de mucha violencia. Dime, ¿cuál es tu secreto? Porque yo soy rehabilitado, pero aún no logro que la gente me mire con confianza.

Entonces el anciano le contestó lo siguiente:
- Cuando yo estuve en la cárcel, recibí a Cristo como mi Salvador personal, y una de las cosas que le pedí a Dios fue que me haga una persona nueva. Así, Dios se encargó de limpiar todo lo malo que estaba dentro de mi corazón. Su sangre bendita purificó todo mi ser, de manera que,
¡he vuelto a nacer!
Es verdad que mi físico lleva las huellas de ese pasado oscuro que no quiero recordar, pero al entrar Dios a mi vida, mi cuerpo ha tomado una apariencia distinta. Es por esto que la gente no me huye, es más, me tiene confianza.

Tú te has preocupado por arreglar tu físico, pero te has olvidado de la parte espiritual, de permitir que Dios transforme tu vida en alguien nuevo; que haya un brillo especial en ti, de manera que puedas hablar y vivir de manera distinta. Y diciendo esto, el anciano, se retiró del parque no sin antes saludar amablemente con todos aquellos que lo conocían y le tenían afecto.

Así, mis estimados amigos, dejemos que Dios sea el que transforme nuestras vidas, para que la vida de Cristo se vea reflejada en todo nuestro ser. De modo que siempre seamos
¡un faro encendido que nunca se apague!
Sin importar cuál haya sido nuestro pasado, Dios tiene el poder para perdonar, salvar, y enterrar en lo más profundo del mar nuestra antigua vida.

¡Dios los bendiga!

miércoles, 3 de junio de 2009

LA GRABADORA DE LA MAESTRA

Textos Bíblicos: Isaías 29:15; Lucas 8:17

De mis años de infancia recuerdo un incidente que se suscitó en la escuelita fiscal donde estudié.

Una tarde soleada de diciembre, como tantas otras de ese mes, la maestra de tercer grado les dijo a los niños que debía salir junto con la Directora a realizar la compra de los juguetes para darles en la fiesta de Navidad que se celebraría la semana entrante.

Así, la maestra pidió a sus pequeños alumnos que en ausencia de ella cumplieran con algunas actividades, las mismas que revisaría a su regreso. De esta manera, antes de retirarse, colocó una radio grabadora sobre su escritorio, e hizo expreso hincapié en que nadie debía hacer travesuras con el “aparato” de lo contrario, recibiría su justo castigo.

Pues bien, la maestra se fue dejando en el aula un ambiente de fingida quietud y obediencia, la misma que se vio interrumpida cuando uno de los niños gritó: “¡se fue la maestra!”. Acto seguido, la clase se transformó con asombrosa rapidez en: cancha de fútbol; área para la rayuela; pista de carreras, y de obstáculos, si tomamos en cuenta que las sillas eran perfectas para tan emocionante juego.
Niños y niñas jugaron hasta la saciedad, teniendo como único testigo la radio grabadora, la misma que no sufrió daño alguno pues los juegos improvisados superaron las ganas de hacerle alguna travesura.

De pronto, un niño que hacía de “campana” saltó en medio del aula y gritó: “¡ahí viene la profe!”, y con una rapidez superior a la del rayo, nuestros amiguitos recibieron a la maestra con la misma “quietud y obediencia” con que ella los había dejado.

Cuando ella entró al aula, los miró fijamente y les preguntó si ellos eran los que habían armado alboroto en su ausencia, a lo que los niños respondieron en coro: “No señorita, estábamos haciendo la tarea…”. Entonces, y para el asombro de todos, la profesora se dirigió hacia la grabadora, aplastó el botón de “retroceder”, y ante el pánico dibujado en el rostro de los niños, aplastó el botón “play”, quedando en el acto, descubierto todo lo que habían hecho y dicho, gracias a que la profesora sutilmente había colocado un casette, y había dejado encendida la grabadora en su ausencia.

Lo que ocurrió después, creo que será mejor dejarlo a la imaginación de los lectores…

Así mis estimados amigos, cuántas veces en nuestro diario vivir actuamos de manera incorrecta sólo porque nadie nos ve. No cumplimos con nuestro trabajo, engañamos a los maestros en los exámenes, y todo porque “nadie nos ve”. Y nos olvidamos que hay un espectador invisible y silencioso que está tomando nota de todo lo que hacemos.
A los hombres podemos engañar, pero a Dios ¡no!, y a su tiempo recibiremos nuestra paga buena o mala, según hayamos obrado en esta tierra.

“Porque nada hay oculto, que no haya de ser manifestado; ni escondido, que no haya de ser conocido, y de salir a la luz” (Lucas 8:17)

¡Dios los bendiga!