miércoles, 3 de junio de 2009

LA GRABADORA DE LA MAESTRA

Textos Bíblicos: Isaías 29:15; Lucas 8:17

De mis años de infancia recuerdo un incidente que se suscitó en la escuelita fiscal donde estudié.

Una tarde soleada de diciembre, como tantas otras de ese mes, la maestra de tercer grado les dijo a los niños que debía salir junto con la Directora a realizar la compra de los juguetes para darles en la fiesta de Navidad que se celebraría la semana entrante.

Así, la maestra pidió a sus pequeños alumnos que en ausencia de ella cumplieran con algunas actividades, las mismas que revisaría a su regreso. De esta manera, antes de retirarse, colocó una radio grabadora sobre su escritorio, e hizo expreso hincapié en que nadie debía hacer travesuras con el “aparato” de lo contrario, recibiría su justo castigo.

Pues bien, la maestra se fue dejando en el aula un ambiente de fingida quietud y obediencia, la misma que se vio interrumpida cuando uno de los niños gritó: “¡se fue la maestra!”. Acto seguido, la clase se transformó con asombrosa rapidez en: cancha de fútbol; área para la rayuela; pista de carreras, y de obstáculos, si tomamos en cuenta que las sillas eran perfectas para tan emocionante juego.
Niños y niñas jugaron hasta la saciedad, teniendo como único testigo la radio grabadora, la misma que no sufrió daño alguno pues los juegos improvisados superaron las ganas de hacerle alguna travesura.

De pronto, un niño que hacía de “campana” saltó en medio del aula y gritó: “¡ahí viene la profe!”, y con una rapidez superior a la del rayo, nuestros amiguitos recibieron a la maestra con la misma “quietud y obediencia” con que ella los había dejado.

Cuando ella entró al aula, los miró fijamente y les preguntó si ellos eran los que habían armado alboroto en su ausencia, a lo que los niños respondieron en coro: “No señorita, estábamos haciendo la tarea…”. Entonces, y para el asombro de todos, la profesora se dirigió hacia la grabadora, aplastó el botón de “retroceder”, y ante el pánico dibujado en el rostro de los niños, aplastó el botón “play”, quedando en el acto, descubierto todo lo que habían hecho y dicho, gracias a que la profesora sutilmente había colocado un casette, y había dejado encendida la grabadora en su ausencia.

Lo que ocurrió después, creo que será mejor dejarlo a la imaginación de los lectores…

Así mis estimados amigos, cuántas veces en nuestro diario vivir actuamos de manera incorrecta sólo porque nadie nos ve. No cumplimos con nuestro trabajo, engañamos a los maestros en los exámenes, y todo porque “nadie nos ve”. Y nos olvidamos que hay un espectador invisible y silencioso que está tomando nota de todo lo que hacemos.
A los hombres podemos engañar, pero a Dios ¡no!, y a su tiempo recibiremos nuestra paga buena o mala, según hayamos obrado en esta tierra.

“Porque nada hay oculto, que no haya de ser manifestado; ni escondido, que no haya de ser conocido, y de salir a la luz” (Lucas 8:17)

¡Dios los bendiga!

1 comentario:

  1. Muy cierto, estimada hermana, debemos comportarnos en lo público tal como nos comportamos en lo íntimo. De lo contrario no somos más que fariseos, sepulcros blanqueados.

    Dios nos ayude.
    Un saludo afectuoso en Cristo Jesús.

    Alex Figueroa

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