lunes, 15 de junio de 2009

EL EX –CONVICTO

Textos Bíblicos: 2 Cor. 5: 17-18

Una vez hubo un anciano muy respetado y amado por todos los que lo rodeaban. Era una persona que con sólo verla inspiraba confianza, de modo que, todos buscaban su compañía y sus consejos.

Una tarde, mientras estaba sentado en el parque, se le acercó un hombre de mediana edad, y le dijo:
-¡Oye tú!, yo te conozco. Tú estuviste en la penitenciaría al igual que yo. Cuando tú salías de la cárcel, yo llevaba pocos meses de haber ingresado a ese lugar.
-El anciano sonrió amablemente, y sus ojos miraron al vacío, como si aquellas palabras hubieran sacado a flote recuerdos que él habría deseado no salieran a la luz.

Pero el otro hombre continuó:
- Quiero hacerte una pregunta, ¿por qué, si tú también eres un ex – convicto, a ti la gente te acepta; no te huye? , ¡Mírate!, tú rostro tiene cicatrices, llevas tatuajes en tus brazo. Tienes las huellas de haber vivido una vida de mucha violencia. Dime, ¿cuál es tu secreto? Porque yo soy rehabilitado, pero aún no logro que la gente me mire con confianza.

Entonces el anciano le contestó lo siguiente:
- Cuando yo estuve en la cárcel, recibí a Cristo como mi Salvador personal, y una de las cosas que le pedí a Dios fue que me haga una persona nueva. Así, Dios se encargó de limpiar todo lo malo que estaba dentro de mi corazón. Su sangre bendita purificó todo mi ser, de manera que,
¡he vuelto a nacer!
Es verdad que mi físico lleva las huellas de ese pasado oscuro que no quiero recordar, pero al entrar Dios a mi vida, mi cuerpo ha tomado una apariencia distinta. Es por esto que la gente no me huye, es más, me tiene confianza.

Tú te has preocupado por arreglar tu físico, pero te has olvidado de la parte espiritual, de permitir que Dios transforme tu vida en alguien nuevo; que haya un brillo especial en ti, de manera que puedas hablar y vivir de manera distinta. Y diciendo esto, el anciano, se retiró del parque no sin antes saludar amablemente con todos aquellos que lo conocían y le tenían afecto.

Así, mis estimados amigos, dejemos que Dios sea el que transforme nuestras vidas, para que la vida de Cristo se vea reflejada en todo nuestro ser. De modo que siempre seamos
¡un faro encendido que nunca se apague!
Sin importar cuál haya sido nuestro pasado, Dios tiene el poder para perdonar, salvar, y enterrar en lo más profundo del mar nuestra antigua vida.

¡Dios los bendiga!

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