sábado, 9 de mayo de 2009

¡DESEO CONCEDIDO!


Texto: I de Reyes 3:3-15

Una vez un hombre visitó una pequeña aldea y mientras la recorría, encontró a un nativo que estaba sentado a la entrada de su casa muy cabizbajo y meditabundo.
El extranjero le preguntó qué le ocurría, entonces el aldeano le respondió:
- ¡Estoy en miseria, me siento arruinado, no tengo bienes, no soy nadie importante aquí!, ¡Ojalá pudiera llegar a tener grandes riquezas y ser alguien de renombre…!

Así, mirándolo fijamente, el extranjero le dijo:
- ¡Deseo concedido!, e inmediatamente desapareció ante sus ojos.

Al día siguiente, la vida del aldeano cambió considerablemente. Su negocio prosperó; obtuvo muchas posesiones; llegó a ser un hombre muy rico y reconocido no sólo en su aldea, sino en lugares aledaños. En fin, se sentía inmensamente feliz, porque lo había logrado todo en esta vida.
Así, pasaron los años, con los cuales también vinieron temporadas difíciles, las mismas que no sólo golpearon a la aldea, sino a nuestro amigo.

Al cabo de un tiempo, volvió a visitar la aldea aquel extranjero, y para su sorpresa, encontró al aldeano en la misma situación de miseria en que lo había dejado años atrás. El extranjero se acercó y le preguntó el por qué de su semblante, si sus deseos habían sido concedidos.
A lo que el aldeano respondió:
- Sí, todo fue concedido. Tuve posesiones; una buena posición social; fui muy importante; pero, no sé qué me pasó, pues llegó un momento en que no tomaba las decisiones acertadas, no obraba de manera inteligente. Por esto, cuando vinieron los años de crisis, ¡lo perdí todo!

Entonces el extranjero le dijo:
- Es que se te olvidó pedir por el deseo más importante: “sabiduría Divina”, pues este deseo es el que te hubiera permitido obrar de manera inteligente y prudente, de modo que todo lo que hubieras ganado, habría alcanzado la bendición de Dios.

Incorporándose, el aldeano, le dijo:
- ¡Ojalá tuviera una segunda oportunidad, para pedir que Dios me dé sabiduría para aprender a vivir como a Él le agrada!

El extranjero lo miró fijamente y le dijo:
- ¡Deseo concedido!, e inmediatamente, desapareció ante sus ojos.

Así, el aldeano no llegó a ser el hombre más rico, pero adquirió una sabiduría y discernimientos tales, que fue, hasta su muerte, una persona muy respetada y de mucha autoridad espiritual para todos los que lo conocieron.

Estimados lectores, procuremos siempre pedir a Dios que primero nos dé sabiduría Divina. Hagamos lo que hizo el rey Salomón en su oración a Dios, cuando le pidió un corazón entendido para gobernar al pueblo de Israel. (I de Reyes 3:9)
Y verán cómo al igual que Salomón, Dios nos prosperará en todos los demás aspectos de nuestras vidas. (I de Reyes 3: 13)

¡Dios los bendiga!


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